El Tacubaya de los años 50

Con gusto y emoción he recibido esta hermosa carta que narra las vivencias de un niño chilango en los años 50. La comparto con gusto y en el sitio de FB les iré compartiendo una serie de fotos que acompañan a esta carta. ¡Qué la disfruten!



Querida Sofía:

Hoy te quiero platicar de alguna secuencia de recuerdos de mi niñez, de mi niñez en los primeros años de mi educación primaria, allá a fines de los años cincuenta del siglo pasado. Todo ha ocurrido dentro de unas pocas cuadras, sin duda en menos de un kilómetro cuadrado, que abarcaba partes contiguas de las colonias San Miguel Chapultepec y Condesa, en nuestra querida Ciudad de México.

Para empezar creo que cualquier recuerdo será bueno, pero intentaré hilar algunas ideas. Yo inicié mi primaria una mañana temprano, a las 8 AM de un día principios de febrero, lleno de temores que no podía superar y que nunca antes imaginé desde el momento en que mi padre nos dejó a mí y a mi hermano, él dos años menor, estrenando uniforme de pantalón de gabardina gris marca Gacela, camisa blanca de manga corta marca Medalla y el suéter abierto de lana de color azul marino, en medio de un patio donde no conocíamos a nadie. Luego me sentí cómodo en esa escuela, encontré amigos, algunos otros compañeros más bien antipáticos y un maestro de apellido Orozco, distante, rígido, delgado, con su traje y corbata, de lentes de marco oscuro y bigotito, que fue quien me enseñó a leer y las primeras operaciones aritméticas. Lo típico de un primer año de primaria de aquellos años, cuando se iba a la escuela de principios de febrero a principios de noviembre. Había vacaciones en mayo y en septiembre y las vacaciones largas de noviembre a febrero. Me gustaba más así. Luego supe que ese calendario se llamaba calendario A, cuando en todo el país nos cambiaron a fines de los sesentas al calendario B, que tiene las vacaciones largas entre junio y agosto como tú siempre lo conociste (originalmente entre julio y septiembre). Tal vez lo hicieron en tiempos de Díaz Ordaz para homologarnos con los gringos y Europa, donde el verano es más disfrutable sin escuela.

El colegio al que fui ocupaba desde siempre una enorme casona porfiriana que tenía tres patios, uno pequeño con salones, columnas y pasillos en dos niveles a su alrededor y donde se hacían los honores a la bandera los lunes y se iniciaba y concluía la jornada a las 5 PM con todos los grupos formados. El segundo, atrás, inmenso, de tierra suelta amarillenta, que al fondo tenía dos canchas de frontón con cemento muy liso en el piso y en sus tres altísimas paredes, con una casa “embrujada” en medio de ellas, adosada a la barda del colegio. Se decía que esa antigua casa amarilla de dos plantas, con los vidrios rotos por las pedradas de muchas generaciones de alumnos, estaba embrujada, y como evidencia se decía que a algunos que habían lanzado al interior una pelota de hule esponja se les había regresado. Claro, también se suponía que estaba la casa llena de pelotas de tantos que lo habían intentado sin obtener de vuelta la suya. Esa casa ubicada hasta el fondo del colegio estaba abandonada y sobre la altura de sus dos pisos y su techo de dos aguas se erigía una enorme barda de al menos otros tres, me parece. Al otro lado de esa barda se encontraba la fábrica de chocolates Sanborn´s, de lo que no podíamos dejar de enterarnos por los deliciosos olores que llegaban al patio del recreo que nos daban de 10 a 10:30 de la mañana y antes de las 4 PM, en el turno de la tarde. Me he enterado que ahí se siguen fabricando los chocolates, en la calle de Benjamín Hill. En aquellos tiempos la variedad de chocolates que se producían ahí se anunciaba en la tele como a las 6 de la tarde en un programa infantil que ellos patrocinaban: Cocolete, Tecolote, Capitán y el entonces recientemente introducido Manicero, además de los Pons Pons que se vendían sólo en los cines. Finalmente, como paralelo al primer patio había uno que solo por las tardes nos estaba permitido usar a los varones, pues estaba en la sección de las chicas. En ningún momento teníamos actividades juntos chicos y chicas, excepto el recreo de la tarde de 3:45 a 4:00 PM, que me permitió identificar a más de una niña bonita. Yo tomé clases de inglés con las más hermosas maestras que tuve en mi vida en mis primeros tres años de primaria en un salón que por las mañana era de algún grupo de las niñas. En la última hora de la tarde a veces olía delicioso el recinto porque las chicas de secundaria tomaban clases de cocina en un lugar cercano y preparaban unas galletas y otas cosas que nunca probé.

Ir a ese colegio desde mi casa implicaba caminar tres cuadras sobre una avenida de cierto tráfico (Vicente Eguía) y luego tener que atravesar la peligrosa cuña de avenida Revolución y avenida Jalisco con Benjamín Franklin, sobre la cual había que avanzar un poco más de una cuadra para llegar al colegio. El Colegio Gordon, que así se llamaba, estaba donde desde 1960 se construyó la Universidad La Salle. La tienda de enfrente, de nombre La Crema, donde se vendían helados y refrescos que algunas veces comprábamos al salir de la escuela, creo que todavía se mantiene con el patrocinio de los estudiantes de La Salle. Por avenida Revolución venía desde Mixcoac el tranvía Obregón-Insurgentes, que torcía a la derecha sobre Benjamín Franklin para seguir a Insurgentes y luego seguir hasta Álvaro Obregón, dando vuelta a la izquierda en Baja California, donde estaban el cine Las Americas y la todavía presente gran panificadora La Espiga. Después ya no recuerdo bien qué pasaba con su trayecto, pero creo que no seguía mucho más después de alcanzar Álvaro Obregón. Recuerdo que en los salones que daban a la calle en los que tomaba clases por la tarde se escuchaba la campana de los tranvías de ida y vuelta frente al colegio.

En primer año era mi papá quien nos llevaba y recogía a las 12 horas. Luego volvíamos de 3 a 5 PM, cuando nos llevaba mi primo Gil que cursaba el tercero de secundaria. Los regresos de la escuela con mi papá me son entrañables. Pasábamos por la esquina donde se mantiene una agencia de la Ford, entonces la llamada casa Bush Ford, en la confluencia de las avenidas Pedro Antonio de los Santos, Revolución y Benjamín Franklin, y que pertenecía a un señor de apellido Bush. Recuerdo esto porque en su enorme sala de exhibición de autos ultimo modelo este señor tenía las paredes llenas de trofeos de cacerías en África e India (elefantes, leones, búfalos, cebras, diversas gacelas, jabalíes, hienas, jirafas) y en el centro algunas piezas imponentes. La más de todas, por mucho, que algún día de repente fue expuesta y pudimos entrar a ver de cerca al regreso de las 12 del día, fue un tigre de Bengala de más de tres metros de largo montado disecado en posición de salto. Era bellísimo y lo recuerdo cada vez que veo un tigre en vivo y me pregunto si podrá ser tan grande como aquel. En esos años leí completo uno de los primeros libros en mi vida (y releí muchas de sus partes muchas veces): Mi aventura con tigres y leones, escrito por ese señor Pablo Bush Romero, publicado en la serie de Populibros La Prensa, y que me compraron en el puesto de periódicos de la esquina de la calle de mi casa. Ahí me enteré de cómo él relataba que había cazado aquel imponente ejemplar. Al señor Bush lo recuerdo vagamente, mostrando su agencia, con su barba (era muy raro que alguien usara barba en aquellos años) y su aspecto como de Ernest Hemingway, en la que se exhibían los hermosos modelos Ford Fairlane de fines de los cincuentas con sus dos colores. También por las aventuras y exposiciones de este señor Bush pude ver por primera vez cómo eran los cañones de un galeón español del siglo XVII que habían sido rescatados del Caribe junto con algunas de sus balas en la búsqueda de algún tesoro. Me impresionó cómo por estar en el fondo del mar durante tantos años se habían deformado por incrustaciones sobre su superficie y habían tomado un color verdoso. También recuerdo que a un lado de esa agencia se estableció un restaurante, siempre solo, sin clientes, que tenía un jardín con varios pavos reales y donde se servían pollos rostizados (las primeras veces que recuerdo comí esos pollos que se vendían también para llevar).

Antes de llegar a la avenida Revolución, sobre Vicente Eguía, se encontraba una antigua casa donde estaban los baños de “El Edén”. Por lo que me platicaba mi padre y un tío abuelo esos baños de vapor eran muy antiguos, supongo que al menos de los años veintes o treintas, y muy conocidos en la ciudad. Recuerdo que se mantuvieron abiertos hasta fines de los sesentas y en algunas ocasiones de niños fuimos a tomar baños al vapor con mi papá y ya de adolescentes mi hermano y yo con mi primo con quien hacía sesiones de ejercicio con pesas. Esa avenida de Vicente Eguía, aunque en la acera norte tenía algunas construcciones de antes de los cincuentas, en la otra sólo tenía construcciones recientes y baldíos, pues había sido ampliada hasta tener cuatro carriles y camellón apenas hacía unos años, tal vez en 1955. Se corría el cuento de que un edificio enorme ubicado en la esquina con Parque Lira, que se construyó por entonces y que todavia existe, fue construido por un coronel retirado con el dinero de un tesoro que se encontró al levantar la barda de su terreno baldío. Una más de las no pocas historias de tesoros enterrados en casonas porfirianas, y de antes también, como en la que vivió Guillermo Prieto, que se encontraban en las colonias San Miguel Chapultepec, Condesa y Escandón, ocupadas por unas pocas familias acomodadas que las utilizaban como residencias de descanso, un tanto fuera de la ciudad de fines del siglo XIX y principios del XX.

La vieja casona de mis padres también tiene su propia leyenda, con sus muros de adobe de más de 80 cm de espesor en algunas partes, que suenan huecos en muchos puntos sugiriendo oquedades donde puede haber cosas enterradas, con su sótano alguna vez habitado, su campanario con murciélagos (alguna vez fue casa de religiosas) sobre un patio interior de mosaico con su fuente romboidal y decorado todo en lo que ahora me doy cuenta que era el estilo Gaudí, con trocería de vajillas, y su jardín trasero con sus dos inmensas higueras que daban higos enormes y dulcísimos cuando no los habían picoteado los pájaros (de hecho eran más dulces aquellos que tenían algún picotazo). Una señora del barrio, doña Aurelia, que asaba en el patio de atrás deliciosas pepitas saladas con cáscara que luego vendía con sus dos hijos en las entradas de los cines Ermita e Hipódromo, me contaba que se aparecía desde el sótano y por ahí entre las higueras rondaba algunas noches un señor vestido elegantemente con frac negro y sombrero de copa, en espera de las señas de una dama que “habitaba” la casa de al lado, casi abandonada. Casas con leyendas, con historias de tesoros enterrados, edificios con historias reales propias, a veces bastante complicadas, con patios internos con árboles frondosos que ahora, si todavía existen, como una de las dos higueras de casa de mis padres, deben tener cerca de cien años de edad.

Mario González Espinosa
Mayo,2012 



2 comentarios:

  1. Muy buena la descripción pero donde esta el álbum de fotos prometido?

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    1. Están en el sitio de Facebook "Así fue México"
      Saludos!!!

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